07 de Abril de 2021

Columna
Javier Aranda Luna

Su madre tocaba la mandolina, su padre el clarinete y el violín. Los domingos la familia iba a misa y después de comer tocaban música popular.

Al pequeño Pedro Coronel le gustaba escucharlos. También le gustaba oír los relatos de su abuelo, que tenía nombre de corrido, de héroe popular: Martín Coronel, de quien se contaban algunas historias bastante macabras.

Pero aunque disfrutaba mucho los fines de semana, los otros días tenía un pasatiempo secreto que lo magnetizaba. De lunes a viernes iba sin falta al callejón de las Casas Coloradas, una zona de viejas construcciones casi en ruinas a un lado de las vías del ferrocarril que atravesaba Zacatecas. Allí vivía un viejo titiritero que no sólo sabía manejar con maestría títeres y marionetas inventando historias, sino que era capaz de fabricarlos.

Todos los días veía rostros nuevos hechos de barro; ojos distintos, narices diferentes, bocas grandes, chicas, rostros con pronunciadas arrugas o regordetes. Las caras se multiplicaban como las horas y las manos y los pies también. Pedro se convirtió en su aprendiz. Le gustaba darle forma al barro porque descubrió que podía darle forma a las emociones. Por eso se hizo escultor. Ese viejo artesano fue su primer maestro. Muchos años después otro maestro le hizo ver en la pintura otra herramienta para mover las emociones con el color: Paul Klee.

Hijo de músicos, de pintores, de revolucionarios, el artista Pedro Coronel recuperó en su pinturas, dibujos y esculturas, las raíces más profundas del México precolombino a las que integró rasgos de las vanguardias europeas como el cubismo, el abstraccionismo, el orfismo y el expresionismo mezcladas con poderosas síntesis del primitivismo asiático y africano.

En sus inicios fue impulsado por Diego Rivera, quien lo apoyó para irse a Europa, y por Octavio Paz, quien descubrió que la palabra clave en el universo de Coronel era la pasión. Él veía en sus cuadros la muestra más clara de que la verdadera fuente de la poesía se encuentra en el corazón con su rumor de sangre.

La escultura fue la primera forma de expresión artística de Pedro Coronel, quien a los 18 años modeló una figura femenina, pero fue en Europa cuando decidió también hacerse pintor: en 1948, una retrospectiva de Paul Klee en el Museo Nacional de Arte Moderno de París lo sacudió. Los más de 350 trabajos del pintor suizo lo hicieron ver las nuevas posibilidades de expresión artística a través del color y la simplicidad de las formas.

Este año, cuando se cumplen 100 de su nacimiento, es buen momento para acercarnos a este pintor que algunos ubican en la Generación de La Ruptura, pero quien más que sumarse a ese disenso plástico construyó poco a poco su propio universo. Un universo que no se limita a su obra, sino a los objetos y a las obras de otros, de culturas tan distantes y distintas como las que alberga su colección. No es difícil descubrir una nutrida red de vasos comunicantes entre su obra y la colección que alberga el museo que lleva su nombre en Zacatecas. Allí conviven las expresiones de Miró, Dalí, Kandinsky, Goya, con sarcófagos egipcios o máscaras africanas.

No deja de sorprenderme que, además de Octavio Paz, otros escritores hayan llamado la atención sobre su obra, como Juan Rulfo, Jorge Alberto Manrique, Paul Westheim, Juan García Ponce y Justino Fernández, y su centenario apenas lo registrara el mundo de la cultura. ¿La desmemoria también alcanzará al arte y la cultura? ¿Las iridiscencias y colores primarios para acercarnos al erotismo y a las enigmáticas formas del simbolismo primitivo de Pedro Coronel sólo serán privilegio de algunos museos y coleccionistas?¿Nuestro acercamiento a su obra sólo será posible haciendo minería de datos en Internet?