17 de Octubre de 2020

Columna
Gustavo Gordillo

Es necesario precisar términos y conceptos. Morena no es un movimiento, ni es un partido. Fue una coalición electoral dirigida por un talentoso político y articulada a partir del repudio, el rechazo y el resentimiento contra una élite rapaz y un sistema que excluyó a la mayoría de los mexicanos.

Entonces ¿qué es? Camina, se mueve, participa en elecciones. Interviene poco, muy poco, en el debate público y se pelea consigo misma mucho, mucho, pero mucho. No es el partido en el gobierno, puesto que no tiene el gobierno. No es el partido en el poder, porque no es partido y mucho menos tiene el poder. Entonces, ¿por qué tanto desgarramiento y tanto empeño por ganar la dirección –presunta dirección–, del presunto partido?

Lo que sí es. Es un espejismo que se alimenta del pasado. De un pasado distorsionado. Porque, a decir verdad, ningún partido en México fue decisivo en la sucesión. Durante el largo tramo del priísmo, el presidente de la república lo designaba y el partido, a toro pasado, lo investía. Todos se mantenían disciplinados dentro, porque afuera reinaba el frío bajo la forma de ostracismo político o del destierro.

La mala suerte de los presidentes. Hasta Zedillo el presidente seleccionaba a su candidato y siempre ganaba… hasta que perdió. Los tres siguientes presidentes corrieron con mala suerte. Fox impulsó a su esposa sólo para enterarse que Calderón lo había madrugado. Calderón se quedó sin candidato cuando éste murió en un accidente. A Peña se le cebaron sus dos candidatos, ambos por ineptos: quien quedó fue un no-priísta sin PRI.

¿Quién les dijo? Muñoz Ledo es sin duda la auténtica imagen de la transición. Con Cárdenas escindieron al PRI y fundaron un nuevo partido. Trató de competir con un pequeño partido en las elecciones de 2000. Perdió, pues no era Cuauhtémoc, muy a tiempo porque le alcanzó para celebrar con Fox el triunfo de éste. Desde finales del sexenio zedillista, y luego con Fox, lanzó la propuesta más inteligente y acabada de lo pudo ser el destino de la transición: la reforma del Estado. Fracasó. Aun así, ha generado un sinnúmero de iniciativas políticas y cívicas importantes. Por eso es celebrado. Pero no es hombre de multitudes a menos que le apliquemos la célebre estrofa de Whitman:

¿Me contradigo?
Muy bien, pues me contradigo,
(Soy grande, contengo multitudes.)

El jefe nato. El error estratégico de Muñoz Ledo está contenido en su reclamo a AMLO: Si quiere partido que me apoye a mí. Pues no parece que AMLO quiera un partido. Porque si así hubiera sido, le habría puesto mayor cuidado a la sucesión en el partido. No lo habría dejado al garete. Su vínculo con Morena han sido los líderes parlamentarios lo que de arranque generó una escisión de facto entre Morena parlamentaria y Morena conjunto abigarrado de intereses y activismos.

La sucesión. Con los calendarios del pasado muchos se entretuvieron con las quinielas para la sucesión presidencial. Pero no se hicieron las preguntas claves. ¿Quién les dijo que la sucesión iba a pasar por Morena, como ocurrió en la era priísta? ¿Quién les dijo que iba a haber sucesión como ocurrió en los tres últimos sexenios? No tengo dudas que habrá candidatos presidenciales para las elecciones de 2024. Tampoco que AMLO buscará continuidad de su proyecto, pero ¿bajo cuál formato?

Los enanitos. Lo que sí sabemos es que en 2021 competirán un PRI desvencijado, un PAN dividido, un PRD con la consigna “de lo perdido lo que aparezca”. Un Morena desfondado. Más varios chiquitines: el Verde, el de algunos evangélicos, el simpatizante de los norcoreanos, el de la maestra, el del amigo del líder parlamentario.

Pero AMLO necesita una mayoría parlamentaria para culminar su proyecto. Quizás se construirá, más bien se coserá, como los edredones: de a cachitos.

Lo que hay son muchos ciudadanos que votan y apoyan a AMLO. Lo cual me llevará a discutir el tema estratégico de las intermediaciones sociedad-Estado.

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