22 de Mayo de 2020

Columna
José Cueli

En este orden de cosas que vivimos en que no existe un día sin muertes por violencia, hambre o Covid-19, que nos enloquece actualmente y no sabemos qué de qué.

Conjunción de lo necesario y lo imposible, origen sin origen, constante diferir, presencia siempre reconstruida, silogismo freudiano (yo no lo tengo, yo no soy), irrepresentabilidad, simulacro, repetición o represión-originaria, me encuentro con don Quijote de la Mancha, la figura más seria que ha producido la humanidad al humanizar al personaje de la ingeniosa fábula como si hubiese habitado entre nosotros. Miguel de Cervantes Saavedra interpretó sus propias representaciones y, siguiendo sus huellas, hizo del ingenioso Hidalgo un sujeto a su imagen y semejanza.

¿Cómo explicar la paradoja? Solamente fundándose en la historia; desesperación de los que escribimos y encanto de lectores. Conformista absoluto en las ideas, tiene una absoluta disconformidad en la forma de practicarlas. Don Quijote debe entrometerse en todas las desdichas. Su valor, que no reconoce freno, lo induce a pelear con molinos de viento, creyéndolos gigantes; con leones desenjaulados a los que desprecia porque no le acometen, o a una corrida de toros, que sí lo acometió.

Su espléndida ternura no reconoce superior, ni aun semejante en el mundo, y lo induce a presumir que su encantada Dulcinea, aun convertida en humilde campesina, debe oler a cebolla y ajo.

Su condición de justiciero no reconoce obstáculos ni circunstancias para emplearse en el bien común y lo coloca en aprietos al ser apedreado por los galeotes, pisoteado por la corrida de toros y madreado en tantas y descomunales batallas.

Don Quijote, por la verdad de la esencia de su sujeto contra la mentira de los accidentes de su accionar cotidiano: hace reír al provocar admiración y provocador de risas. Sólo por un momento suspende las burlas y las trueca en pésames. Aquel en que concuerda la forma del carácter y el fondo de las representaciones.

Ese momento en que, postrado en el lecho, rodeado por el ama y su sobrina, el cura y el bachiller, puestos los ojos en Sancho Panza –que le invita a salir de nuevo al campo en busca de recreos pastoriles– Don Quijote exclama: "Poco a poco, señores, que, en los nidos de antaño, no hay pájaros hogaño. Yo fui loco y ya soy cuerdo".

En trances mortales se había hallado don Quijote y hacía reír. En el trance mortal de sustraerse, como el propio Cervantes dice, al "empujón de las lágrimas". Y es que la muerte, la propia y la ajena son irrepresentables, lo mismo para el Quijote que para nosotros en la difícil circunstancia que vivimos.