23 de Marzo de 2020

Columna
Hermann Bellinghausen

Nunca pensamos que las ratas serían nuestras nuevas mejores amigas, y esa no fue la única cosa sorprendente de aquellos días tan largos y aquellas noches en duermevela sostenida, expuestos ya no al Sol sino a las pantallas luminosas de nuestra conciencia exterior. La interior la habíamos perdido, iba a dificultarse recuperarla. Tendríamos tiempo para ello, algo que no previmos ni de lejos. Los pronósticos meteorológicos ya venían gobernando nuestras vidas y el reiterado anuncio, por meses y semanas, se reducía al riesgo de inundaciones; los deslaves y derrumbes serían resultado de las sequías y los incendios que las siguieron, cada año más cerca de la ciudad. Pero la realidad no sólo depende del clima ni de los horóscopos. Hasta los poderosos algoritmos fallaron a la hora de la hora.

Eso sí, ingeniosos como somos, acumulamos chistes y parodias como si víveres o municiones fueran, y nos reímos del cambio climático tanto como de la Pelona en Difuntos, en esa tradición jocoseria del "anda putilla del rubor helado, anda, vámonos al diablo".

La nata nos cogió desprevenidos. Se instaló aquí encima de un día para otro y los expertos no lograban explicarla, su color café y pardo, su aroma agrio al que uno se acababa acostumbrando. Ni de dónde salió, qué significaba, cuánto iba a durar. Soñábamos tzompantlis pero nos ganaba la risa. Nos despertaban nuestras propias carcajadas, y con ellas despertábamos al resto de la familia. Una noche uno de los niños, otras era Irma, o yo, o la portera que se había mudado con nosotros porque su marido roncaba. La temporada de la nata tuvo efectos diversos, y doña China aprovechó para dejar al hombre. Muchos divorcios se incubaron entonces, pero también reconciliaciones y embarazos. Sería la generación de la nata, como hubo de la guerra, de las huelgas estudiantiles, del ordenado desorden a fin de milenio. El futuro no cesa, ni siquiera cuando parece que ya terminó su tarea.

Entre albures y miedos secretos apechugamos con las nuevas reglas, más paranoicas que las anteriores. Explicable. A veces la paranoia es buena consejera, si no te domina. Era una cosa en el aire, una cosa de nuestras propias miserias, así que dimos en desconfiar de la intemperie y del contacto propiamente físico más allá de las cuatro paredes. Tampoco se piense que fue tan grave. Ya veníamos acostumbrados a la cercanía imaginaria, a la intimidad cifrada y compartida en el éter, al sexo virtual y la educación a distancia. Conocíamos a nuestros amigos en fotografía. El resto de nuestro archivo eran recuerdos analógicos de infancia.

Como cabía esperar, al principio la gente vio la llegada de las ratas como una plaga. Los antecedentes históricos eran abrumadores, su mala fama pública la tenían bien ganada, cómplices y vectores de pestes bubónicas y virus rabiosos. Mas no olvidemos que la humanidad había evolucionado mucho en materia de derechos humanos de los animales, de manera que perros y gatos se sentaban con la familia a la mesa, se escuchaba la opinión de las compañeras cotorras, se habían proscrito las corridas de toros, las peleas de perros y gallos. Se redujo al mínimo la tortura de pollos y demás especies propiciatorias, y aunque el verde había desaparecido de nuestras vidas más allá de limitados huertos en las azoteas donde no hubiera tendederos, nos alimentábamos de granos procesados, harinas de otro costal y frituras derivadas de los combustibles fósiles. El agua era cada día más escasa y cara.

Las ratas dejaron de ser parásitas o víctimas de la ciencia. Se limitó al máximo su uso en laboratorio, y una población amable y educada, doméstica por así decir, de ratas que resultaron más inteligentes que los perros, conquistó igualdad con la población felina. Descubrir su empatía nos llenó de gozo y, cosa inesperada, se volvieron mensajeras y embajadoras de las familias enclaustradas. En la casa cada quien tenía rata propia.

Ellas nos traían noticias de las amistades y querencias mejor que los dispositivos inalámbricos a los que todos teníamos la obligación. Las palomas mensajeras de las viejas azoteas apenas sobrevivirían a la nata.

Las ratas dejaron de pasar por alimañas desagradables, se volvieron mejores amigas del hombre y de la mujer. Quién podía no tener la suya, si no es que la parejita, con bufanda y orejeras en invierno. La nata siguió ahí, las inundaciones, como los bárbaros, no llegaban, pero gracias a las ratas evolucionadas nos hicimos mejores personas.