29 de Junio de 2020

Columna
Elizabeth Villa

Pareciera que la oferta de los libros y la promoción en torno a ellos giraran en ruecas distintas. Si bien estas dos actividades son mutuamente dependientes, la crisis de circulación que ha traído el COVID-19 ha evidenciado más que nunca que el libro es un producto tangible de cuya venta depende toda una cadena de producción que se alimenta (literalmente) del valor monetario que se le da como mercancía. Editoriales como Era, Almadía y Sexto Piso iniciaron con estrategias de recaudación que las mantuvieran solventes durante la contingencia y no sucumbir ante la caída de sus ventas. Guillermo Quijas, director de la Feria Internacional del Libro de Oaxaca, al presentar hace un mes la campaña Dependientes Lectores, reconocía que aunque las necesidades básicas esenciales de la población son la alimentación y la salud, las editoriales apelarían a que sus consumidores habituales reconsideraran a la literatura como una parte del proceso de la reconstrucción del tejido social dañado por la pandemia. Pero a pesar de esta estrecha dependencia, el mundo lector pareció demostrar que pudo sobrevivir ―al menos lo hizo durante los últimos noventa días― sin la circulación del libro impreso.

Como compradora y lectora habitual de libros, he de reconocer que las actividades de comprarlos, compartirlos, reseñarlos y divulgarlos no cesaron durante el confinamiento. Aunque el ritmo de mis diligencias relacionadas con la literatura se mantuvo normal, fui testigo del incremento de oferta que abarrotó las redes sociales para la promoción de la lectura. Las actividades presenciales fueron rápida y eficientemente sustituidas por lecturas videograbadas, disponibles en cualquier momento del día. En Baja California, prácticamente todas las instituciones culturales encauzaron sus planeaciones hacia la producción y distribución de cápsulas de lectura de obra, charlas interactivas, conferencias, divulgación de semblanzas y recomendaciones de libros. En un segundo momento, las mismas instituciones programaron cursos en línea de creación literaria, periodismo o círculos de lectura. Este tipo de programación, distribuida mayormente por Facebook, fue seguida por una oferta similar promovida por artistas y agencias independientes. La red social se convirtió prontamente en una gran plataforma de divulgación cultural, gratuita para el consumidor final.

A diferencia de las editoriales y librerías, que dependen de la venta efectiva para la captación de ingresos, esta nueva oferta cultural en línea pudo mantenerse tan vigorosa porque provino, en su mayor parte, de programas subsidiados por el estado. Los números de visitas a estos contenidos muestran una gran evidencia: que entre la petición de donación y el like los lectores están más dispuestos a inclinarse por la oferta menos lesiva a su economía. Por supuesto, las limitaciones de circulación impuestas por la cuarentena también son una variable a considerar en este comportamiento. Antes de la pandemia todos estábamos preparados para asistir a la inauguración de una exposición o a una conferencia. Yo misma, en pleno reinicio del periodo escolar, y quince días antes de la contingencia, hice un espacio en mi tiempo libre para acudir como público a una presentación editorial. Ahí mismo escuché al autor y compré el libro.

En este nuevo orden impuesto por las restricciones sanitarias, el mercado del libro no puede esperar que su supervivencia se garantice por campañas de donaciones. Tiene que comprender que es, efectivamente, un mercado del libro. Especialmente en un momento en que la pandemia ha colocado a los bienes de supervivencia inmediata en una jerarquía primaria. Ampliar y diversificar los medios a través de los cuales se acercan al público, debería ser su prioridad. De la misma manera en que lo han demostrado las instituciones en noventa días de marketing cultural.

En el espacio de lectura informal que coordino mensualmente hemos migrado sin problemas hacia la lectura electrónica de las novedades editoriales. Sabemos que un lector motivado no tiene reparos en realizar esos cambios cuando desea mantenerse dentro de la circulación de libros y lecturas que definen su rol y actividad.