Baja California | 28 de Septiembre de 2020

Empezó un fuerte dolor en los músculos, pero solo duró unas horas. Creí que era el efecto del paracetamol, pero el ardor en cada uña de los pies y manos era casi insoportable. Foto Miguel Cervantes Sahagún

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Miguel Cervantes Sahagún

TIjuana, 28 de septiembre.- El primer síntoma de Covid me llegó a manera de un mal suspiro, luego con un involuntario y agonizante bostezo, dice en primera persona Miguel Cervantes Sahagún porque este es su testimonio personal de cómo vivió el contagio durante esta pandemia junto a su esposa, Virginia.

Aquí va:

Con ese suspiro -mal suspiro- no pude llenar mis pulmones de aire; lo rechazó una tos que segundos después intenté reprimir con ejercicios de respiración.

Luego vino un bostezo que me fue imposible por la reacción de mis pulmones ya inflamados. No hubo dolor pero sí agitación al pensar que había sido contagiado a pesar de haber iniciado con el confinamiento desde marzo, con escasas salidas a caminar por las tardes para aliviar el tedio del encierro.

¿Cómo lo adquirí? Quién sabe. El olor a cigarro de vecinos inundaba las tardes el patio y deduzco que, si logré oler, pude también haber adquirido el virus. Es solo una hipótesis.

El 28 de agosto repetí los intentos de suspiros y traté de suprimir los bostezos. Cada respiración era una confirmación de que algo ya andaba mal.
 

Luego vino la pérdida de olfato, tampoco podía percibir sabores. Rasqué una naranja y no olí el sumo. La botella de alcohol, nada. Unos granos de sal ya no sabían y el agua era muy desagradable.

La temperatura iba de 36.4 a. 37 grados y luego bajaba a 36.7. Empezó un fuerte dolor en los músculos, pero solo duró unas horas. Creí que era el efecto del paracetamol, pero el ardor en cada uña de los pies y manos era casi insoportable. Algo así como cuando uno corta más de lo debido y queda expuesta la piel sensible.

Entonces llegaron las sudaciones en la madrugada. Las camisetas totalmente mojadas y uno que otro escalofrío. Una doctora y un médico aconsejaban a distancia. No querían dar por hecho que tuviéramos Covid, sino alguna gripa de temporada. Por lo pronto me pedía que estuviera muy atento a los síntomas y la pasara con paracetamol cada 6 o 12 horas. Lo indispensable era tomar agua, tés, sopas, comer saludable pero escaso y mucho reposo.

Coincidían ambos y otros colegas periodistas que superaron el contagio en que la reacción de cada organismo es distinta y que apenas se están documentando la generalidad del malestar.

Para los primeros días de septiembre mi organismo ya estaba en pleno estado de alerta y luchando. La primera semana subió la temperatura de 36 a 38 y permaneció unos cuatro días en 39.9. Sentí que un tipo de adrenalina había invadido mi cuerpo pues no había cansancio, agotamiento o dolor. Las molestias de muelas y una postemilla que me surgió en agosto desaparecieron. No hubo jaqueca y el malestar en las uñas se esfumó. Estaba bajo la influencia de una droga natural y benigna.

Virginia sufrió acaso unas horas de pérdida de olor y sabor, pero un fuertísimo dolor de cabeza la tuvo inactiva tres días. No registró fiebre pero sí tos, pérdida de apetito y solo un día de dolor muscular.

Observé en ella unos enormes ojos que eran de susto y asombro cada vez que me veía. La preocupé más que sus síntomas, que igual, fueron delicados.

En mí, fue algo extraño y lo único que puedo identificar fue a algo similar a la intoxicación de medicinas, pero estoy seguro que fue la secreción de adrenalinas que mi cuerpo activó para enviar y proteger todos los órganos mientras las medicinas llegaban a reforzar la batalla. Me explicaron que ante una muy seria amenaza de salud, el cuerpo produce protección que conocemos como adrenalinas o anticuerpos. Así sucede con los organismos que están agonizando. La última semana recobran una falsa sensación de alivio y repentinamente mueren.

Cuando López Gatell advirtió que en algún momento todos seríamos contagiados recordé, abracé la idea, de que si había sobrevivido la también mortal pandemia de Hong Kong en 1968, quizá esta la podría superar. Recuerdo no haber sufrido síntoma alguno muy a pesar de que toda mi familia la pasó encamada durante dos semanas. Pero mi edad actual y mi situación de vulnerabilidad por la hipertensión ahora me ponen en desventaja.

Nos llevaron a la clínica de fiebre de la colonia Francisco Villa cuando los días de 40 grados y los incendios de California apenas azotaban la región y la brisa que predomina en esa loma fue un alivio. El otro alivio fueron las palabras de cada una de las enfermeras y doctores que nos atendieron de espalda como medida precautoria. No les vi el rostro por la protección que llevan, pero al menos el doctor que me revisó me calmó y pronosticó que todo estaría bien, pues mi hipertensión estaba controlada y había una medicina, unas pastillas que la Secretaría de Salud no tenía por el momento pero que las podía comprar en las farmacias Similares y no costarían más de 15 pesos. “Esas son la clave. Esas son desinflamatorias que están haciendo el trabajo y son la clave para sobrevivir esto. No las deje de tomar durante 10 días”, recomendó.

No sentimos dolor en los pulmones, pero el médico supo que yo llevaba un alto grado de inflamación. Al día siguiente el estudio de tórax lo confirmó: Virginia presentaba inflamación baja, ligera, pero mi cuadro era de medio a severo y coincidió con la lectura que mostraba el oxímetro… 70 puntos. Ahí hubo un desmayo, pero mi ángel, Virginia, me puso una mascarilla, de las que uso para mi apnea de sueño, para forzar la respiración. Minutos después empecé a registrar 80 y 84. La medicina reforzó el esfuerzo de mis anticuerpos y después de cinco días la temperatura bajó a 38, a 37.5 y ahora ya está a 36.4 permanente.

Los suspiros, bostezos y sabor a los alimentos fueron regresando poco a poco hasta que la Secretaría de Salud nos dio de alta el martes 22 de septiembre. El olor vino cuando me puse aceite de eucalipto y hierbabuena. Fueron los olores más hermosos y extraordinarios. El hambre nunca la perdí, pero tenía que controlar la poca ingesta de caldos y verduras. No hice caso.

Ahora me queda, no el cansancio, no agotamiento o flojera sino mucha fatiga. Ya puedo hablar sin que me ataque la tos y me insisten en que debo permanecer acostado o sentado.

Las secuelas, en mi caso, aún son la pérdida de sueño en las madrugadas, pero el organismo contra ataca y después de un té de 7 azahares, obliga dormir de 9 a 11 horas.

La fatiga la domino con una taza de café molido por la mañana y recostado la mayor parte del día.

Quedan los recuerdos agrios pero la enorme, gigantesca gratitud a mis ángeles: mi Virginia, mis tres hijos y sus esposas que no dejaron de participar activamente en sacarnos del abismo. Nos mantuvieron vitaminados, alimentados, hidratados y con ánimo. Son, como lo constatamos, nuestros ángeles vivientes. La vecina Sara Aguilar, de las pocas a las que avisamos que nos mandó gelatinas y té de hierbas que hicieron un extraordinario trabajo en los pulmones.

Avisamos a diez personas con las que tuvimos contacto no menor de dos metros dos semanas antes del contagio para que no se preocuparan al conocer nuestra situación.

Sin descripción disponible.

Clínica de Fiebre de la colonia Francisco Villa. Foto: Miguel Cervantes Sahagún

Sin el ánimo de ofender o de discutir, debo confesar que no pedí a Dios por algún milagro. Mi concepto es de seguir las enseñanzas y no tenerlo como curandero. En todo caso, siguiendo la lógica de mis padres o parientes, no quise distraerlo de importantes misiones que tiene en otros lugares y con otras personas que realmente necesitan, como una amiga que padece un tumor canceroso de tres kilos en el abdomen y su insoportable dolor la mantiene en constante agonía. Mi madre se apareció en un sueño de Virginia y dedicó una sonrisa que mi esposa interpretó como que todo iba a estar bien y eso fue suficiente. Fue la única que apareció porque fue invocada.

Las palabras más hermosas que escuchamos tras recorrer los días y noches difíciles las dijo el doctor Jorge Robles: “Ya tienen anticuerpos contra Covid de por vida. Esperen unos días más para que no transmitan el virus y sigan con precauciones porque aún quedan vacíos de información con esta pandemia…”

El milagro lo hicieron la doctora, Eréndida Delabra amiga de Virginia y mi amigo y vecino doctor Jorge Robles que estuvieron cada día monitoreando nuestra reacción. El personal de Salud de la Clínica de Fiebre, cuyos rostros me hubiera gustado ver y a quienes les mandé mensajes de gratitud cuando hablaron para darnos de alta. Hubo una persona más de la Secretaría de Salud, a la que también agradezco, pero seguro estoy que no quiere ser mencionada.

Todos ellos son los que ahora me provocan suspiros y los recuerdo cada vez que bostezo…